Una Navidad para la Resistencia

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La Adoración de los Pastores, 1540, Bonifazio de’Pitati.

En una apartada villa, hay una joven adolescente judía, quien tiene esta visión de un ángel, el cual, de acuerdo al Evangelio de San Lucas, le anuncia que Dios la ha favorecido con gracia, dará a luz un niño, el cual traerá paz al mundo.

Será llamado Hijo de Dios.

Se sentará sobre el trono de su padre, el Rey David.

Y su reino no tendrá fin.

Entonces, despertando de esta visión, ella responde:

He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra.

[Lucas 1.38 RVR1960]

Si.

Acepto la misión.

Estoy al servicio de Dios.

Cueste lo que cueste.

Me pida lo que me pida.

Que se haga su voluntad.

Ahora, esta joven adolescente judía, llamada María, pertenece a una tribu, quienes creían ser elegidos por un único y verdadero Dios. Esta era una idea muy extraña, para este tiempo, en el cual las otras tribus adoraban a muchos más dioses. Sin embargo, esta tribu judía, creía que sólo existía un único Dios, por encima de todos los demás.

¿Por qué no querer mucho más dioses?

¿Por qué no querer ser más poderosos?

Cada pueblo, cada tribu y cada nación, de la época, luchaba en nombre de sus dioses y banderas.

Un único y verdadero Dios, como luz para todas las naciones, era una idea nueva y revolucionaria en la historia.

Esta tribu judía no solo creía que este Dios era único y verdadero, sino que también era espíritu puro y que no podía ser representado, a través de ninguna imagen o escultura, que pudiese crear alguien con sus manos. De hecho, creían todo lo contrario: Todas las personas habían sido creadas a partir de la imagen de este Dios: Hay un aliento de vida divino fluyendo a través de cada ser humano, y en medio de todos, una dignidad marcada por las huellas del creador.

Un Dios que es espíritu puro, del cual las personas no pueden crear una imagen, de la cual puedan adueñarse y controlar. Un Dios que, por el contrario, ha creado a las personas a su propia imagen y semejanza, con dignidad y honor indiscutibles, de la cuales insiste que son escogidas para ser un pueblo de sacerdotes, una nación santa.

Ideas revolucionarias para la época.

Sin embargo, esta tribu había sido conquistada una y otra vez. Egipcios, babilonios, asirios. Imperio tras imperio se habían turnado para oprimir a este pueblo, generación tras generación. Y la pregunta, en lo profundo del alma judía, es:

Si nuestro Dios es el único y verdadero, por encima de todos los demás, y nosotros somos su pueblo escogido, forjados a imagen de Dios: ¿Por qué vivimos en la opresión? ¿Por qué somos esclavos? ¿Está Dios enojado con nosotros?

Este pueblo había sido oprimido por generaciones, y en el Siglo I de nuestra era, el opresor de turno era el glorioso Imperio Romano. Este maquinaria política, económica y militar, la cual era gobernada por una sucesión de emperadores llamados, Césares.

Los Césares afirmaban ser Hijos de Dios, enviados para edificar un reino de paz y prosperidad.

Los pueblos cantaban:

No hay otro nombre, bajo el Cielo, por el cual podamos ser salvos más que el del César.

Los esclavos tenían que confesar con su boca que,

César es el Señor.

El Imperio Romano marchaba sobre todo el mundo conocido, invadiendo y esclavizando a los pueblos y naciones. El Imperio se enriquecía y construía un ejercito cada vez más grande y poderoso, para conquistar a más pueblos y naciones, para construir un ejercito cada vez más grande y poderoso.

Al llegar a una ciudad, demandaban que se reconociera a César como único Señor. Si lo hacías, aceptabas tu rendición, y pasabas a formar parte de las filas del Imperio de Roma. Si te negabas, eras torturado y luego condenado a muerte, a través de un artefacto de ejecución masiva, que exhibía públicamente tu cadaver colgado sobre un madero como señal de lo que le puede ocurrir a cualquiera que se resista al César.

Rendición o muerte.

Imagina el dolor.

Imagina la humillación.

Imagina la desesperanza.

Y es aquí, cuando escuchas esta historia:

Una joven adolescente judía espera un bebé enviado por Dios para traer paz y justicia al mundo.

Dios con nosotros.

Un salvador está por venir.

Los días del César están contados, su reino caerá.

Dios cumplirá sus promesas.

Mañana no tiene que ser como hoy.

Otro mundo es posible.

La esperanza es real.

Y María responde entonando este canto de revolución,

este poema épico de resistencia,

El Magnificat:

Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador, porque se ha dignado fijarse en su humilde sierva.

Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho grandes cosas por mí.

¡Santo es su nombre!

De generación en generación se extiende su misericordia a los que le temen.

Hizo proezas con su brazo; desbarató las intrigas de los soberbios.

De su trono derrocó a los poderosos, mientras que ha exaltado a los humildes.

A los hambrientos los colmó de bienes, y a los ricos los despidió con las manos vacías.

Acudió en ayuda de su siervo Israel y, cumpliendo su promesa a nuestros padres, mostró su misericordia a Abraham y a su descendencia para siempre.

[Lucas 1.46–55 NVI]

¿Puedes sentir el fuego de la revolución quemando todo a su paso en la historia de la Navidad?

La Navidad es una historia subversiba, insistente, provocativa, desafiante y revolucionaria.

La historia de Jesús es la historia de la resistencia, de los rebeldes, de los de abajo, de los despreciados y marginados, de los sin voz.

Estas son las revolcionarias, progresivas e inspiradoras buenas noticias de un nuevo Rey, que no cambia al mundo a través de la violencia militar y la opresión; sino que crea un nuevo mundo, en medio de este, a través de su mensaje y ministerio de gracia y paz.

La historia de la Navidad es la historia de una joven adolescente judía y el bebé en su vientre; y es a la vez, la historia de la lucha contra la injusticia y la opresión, en todas partes, en el mundo, el día de hoy.

Dios está al lado de los pobres,

junto a los migrantes en la frontera norte de México,

entre los refugiados marroquíes en España,

en medio de las protestas contra el racismo en Estados Unidos,

con los damnificados de Honduras.

La Navidad nos recuerda:

La oligarquía no tiene la úlitma palabra.

Los imperios son frágiles.

Los líderes vienen y se van.

El poder opresor caerá.

Por que nos ha nacido un salvador.

Este es un llamado para todos los rebeldes.

La Navidad es un grito de resistencia, para todos aquellos que tienen hambre y sed de justicia.

Dios no se ha olvidado de su pueblo.

Dios cumplirá las promesas hechas a nuestros padres.

El César está a punto de caer.

El clamor de los oprimidos ha sido escuchado.

Un bebé está a punto de nacer.

Y esto es sólo el principio.

La historia no ha terminado.

Esta es la historia de una nueva manera de ser humano,

y de un nuevo mundo que juntos podemos construir.

De tal manera,

Que puedas ver en la historia de la Navidad, el inicio de la resistencia, un llamado a la revolución, con la insistencia que anuncia:

Dios está con nosotros,

y de nuestro lado,

y nos está llamando, invitando, atrayendo,

a un nuevo futuro, que recién estamos empezando a imaginar.

Y así,

Que puedas responder a este llamado como lo hizo aquella joven adolescente judía:

Si.

Acepto la misión.

Estoy al servicio de Dios.

Cueste lo que cueste.

Me pida lo que me pida.

Que se haga su voluntad.

La paz con vos.

La paz con vos.

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